En las redes sociales somos la suma de miradas que contemplan la identidad tramada por nuestras publicaciones, ofrecidas como producción de alguien que puede fabricarse una imagen a medida y hacer pasar a un mendigo por un príncipe.
Esto es posible gracias a su configuración, que permite construcciones idealizadas, las que introyectamos sin reparos.
Los espacios de desconocimiento son tantos, que es fácil que se cuelen por allí presunciones inexactas sobre los usuarios, como la atribución de excelencia por mayor popularidad, de poeta por la publicación de poemas que avergonzarían a cualquier lector medianamente entrenado, de informador serio por citar fuentes
presuntamente confiables; en fin, no sabemos quiénes son esos prójimos a quienes saludamos con afecto, algunos de los cuales nos devuelven el saludo con globos, moños y corazones que descartaríamos de la red por toda la eternidad. Y el aplauso, la obsecuencia, la genuflexión, las camarillas, las envidias y competencias, las agresiones solapadas, las crueles confusiones y, a veces, pocas, la maravilla de la coincidencia.
No somos del todo responsables de nuestra imagen y este medio es campo fértil para un narcisismo que se va construyendo comentario a comentario.
Es de adultos sanos saber que en cualquier parte, y muy especialmente en estos medios, somos absolutamente coyunturales.
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jueves, 6 de octubre de 2011
martes, 12 de julio de 2011
CUANDO LA MÁSCARA SE CONFUNDE CON EL ROSTRO
Cuando mi amiga M. me confesó que estaba a punto de volar a Barcelona para conocer a quien le enviaba kilométricos mails diarios, con quien hablaba durante horas cada día, casi tocándose en esa minúscula ventanita de F.B., me sorprendí, incrédula. Pero cuando algo llamativo sucede y se comenta, aparecen decenas de casos parecidos con igual o diferente suerte. Así es como supe de Ch. que encontró accidentalmente entre los usuarios de FB a quien había sido uno de sus entusiasmos adolescentes, quien nunca llegó a conocer la real identidad de CH. Por qué, le pregunté? –“Porque lo virtual es más libre, porque podemos ser otros, aunque los mismos, porque de ese modo todo es nuevo y se obvian preguntas sobre vida y milagros, familias,trabajo, todo eso que solo importa en el mundo del hacer.” Finalmente, el encuentro de CH. resultó ser un desencuentro más vacuo que la ausencia.
Esa zona de desconocimiento entre los interactuantes, balconea sobre una intuición deseosa de captar lo que la fantasía construye y así es como una persona corriente se convierte en un ser ideal hasta que algo muestra su escasa calidad humana y se desarman los escenarios por falta de héroes. (Circunstancia lamentable).
Un recurso muy conveniente para controlar los desbordes que pueden ocurrir en estos encuentros virtuales, es la posibilidad de manejar presencias y ausencias con un mouse que hace de varita mágica y nos vuelve invisibles de un solo toque.
Personalmente, no descreo de la posibilidad de establecer relaciones de amistad u otras, a través de las redes sociales, pero es necesario saber que la mentira puede ser el escudo de nuestro interlocutor, que son pocos los lazos de verdad que se establecen por aquí y que el grado de compromiso no está implícito en lo dicho ni en lo silenciado.
Apuesto por el intercambio amistoso y por una distancia que siempre puede ser abolida a piacere, también apuesto por la coherencia y la consistencia, por las personas que conservan sus autoestima y no necesitan inventarse disfraces para entablar diálogos, redemás o menos cercanos, con quienes jamás lograrían relacionarse en ropa de fajina.
(Para los buenos lectores no hay entrelíneas.)
Están invitados a relatar historias, personales o no, sobre las relaciones de cualquier tipo en las redes sociales.
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