En las redes sociales somos la suma de miradas que contemplan la identidad tramada por nuestras publicaciones, ofrecidas como producción de alguien que puede fabricarse una imagen a medida y hacer pasar a un mendigo por un príncipe.
Esto es posible gracias a su configuración, que permite construcciones idealizadas, las que introyectamos sin reparos.
Los espacios de desconocimiento son tantos, que es fácil que se cuelen por allí presunciones inexactas sobre los usuarios, como la atribución de excelencia por mayor popularidad, de poeta por la publicación de poemas que avergonzarían a cualquier lector medianamente entrenado, de informador serio por citar fuentes
presuntamente confiables; en fin, no sabemos quiénes son esos prójimos a quienes saludamos con afecto, algunos de los cuales nos devuelven el saludo con globos, moños y corazones que descartaríamos de la red por toda la eternidad. Y el aplauso, la obsecuencia, la genuflexión, las camarillas, las envidias y competencias, las agresiones solapadas, las crueles confusiones y, a veces, pocas, la maravilla de la coincidencia.
No somos del todo responsables de nuestra imagen y este medio es campo fértil para un narcisismo que se va construyendo comentario a comentario.
Es de adultos sanos saber que en cualquier parte, y muy especialmente en estos medios, somos absolutamente coyunturales.