martes, 18 de octubre de 2011

LA MALDICIÓN, Elías Canetti. (Breve relato sobre el dolor y la memoria)

  Retrato de infancia: 
       Elias, su madre y sus dos hermanos


Laurica y yo volvimos a tolerarnos lo suficiente como para poder jugar a veces a darnos caza. Una vez, corrimos de un lado a otro, muy cerca de las calderas llenas de agua hirviendo, y cuando Laurica me atrapó al lado mismo de una de ellas, me dio un empujón y caí en el agua caliente. Me escaldé todo el cuerpo menos la cabeza. La tía Sofía, que había escuchado mi aullido espantoso, me sacó fuera y me arrancó la ropa, y toda la piel con ella, se temió por mi vida, y entre terribles dolores tuve que guardar cama muchas semanas.

Mi padre estaba en Inglaterra por aquel entonces y esto era lo peor. Estaba convencido de que me moría, le llamaba a voces y sentía que no volvería a verlo, lo cuál para mí era un dolor mayor que el físico. Los dolores no los recuerdo, ya no los siento, sin embargo todavía siento la desesperada nostalgia de mi padre. Pensaba que él nada sabía de lo que me había ocurrido y cuando me aseguraban lo contrario gritaba: “¿Por que no viene? ¡Quiero verle!”. Tal vez se estaba retrasando de verdad, hacía pocos días que había llegado a Manchester, a donde tenía que preparar nuestro traslado, tal vez se pensaba que mi estado iría mejorando por sí mismo y que él no tendría que abandonar sus ocupaciones.
Pero aunque se hubiera enterado inmediatamente y hubiera emprendido el retorno sin demora, el viaje era largo y no podía estar de regreso tan rápidamente.

Me consolaban día tras día, y si mi estado empeoraba, hora tras hora. Una noche en que creían que por fin me había dormido, salté de la cama y me desgarré todo.
En lugar de gemir de dolor le llamaba a él: “¿Cuándo viene?, ¿Cuándo viene?”. Mi madre, el médico, todos los que cuidaban de mí me eran indiferentes, ni siquiera los veo, no tengo presente su desvelo, debieron de haberme prestado muchas atenciones, pero yo no me daba cuenta, sólo tenía un pensamiento que era más que un pensamiento, era la herida en la que todo se diluía: mi padre.
Después escuché su voz, se acercó por detrás, yo estaba tumbado boca abajo, pronunció mi nombre en voz baja, dio la vuelta a la cama, le miré, puso suavemente su mano sobre mi cabeza, allí estaba él y yo ya no sentía ningún dolor.
Todo lo que ocurrió a partir de ese momento me lo han contado. Las llagas se me curaron milagrosamente, inicié una notable mejoría, él prometió no marcharse más y permaneció junto a mí durante las semanas siguientes. El médico estaba convencido de que de no ser por su aparición y su presencia continuada yo me hubiera muerto. Me había ya desahuciado, pero en el regreso de mi padre cifró su única, y no muy segura, esperanza. Era el médico que nos había traído al mundo a nosotros tres, y después acostumbraba a decir que de todos los nacimientos que había conocido este renacimiento mío había sido el más difícil.


Elías Canetti, Premio Nobel de Literatura, 1981.
 

3 comentarios:

ZoePé dijo...

Me hiciste recordar este texto.
Gracias.
Beso.

a dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ele de Lauk dijo...

Que haya sido un buen reencuentro, el texto es duro.
Beso, Zoe.