martes, 2 de junio de 2009

TÍA EVA

Nunca fue ni más linda ni más joven , ni más fea ni más vieja : Tía Eva era atemporal , estéticamente indefinida,pero aún así , personal y diferente .
Siempre quise ser su sobrina . Mis padres,por esas cosas que tienen los padres, eligiéndonos los parentescos , imponiéndonos querer a algunos e ignorar a otros , me permitían decirle Tía con la debida distancia .
Ella venía a mi casa a hacerle masajes a mi madre que era algo gordita y confiaba en los amasamientos más que en las dietas , porque era mucho más fácil y placentero . Eva hablaba y hablaba , contaba historias sobre su otra única clienta que le acaparaba la vida , a cambio de lo cual le regaló una casa en El Palomar con perros y todo : unos fox terriers negros , muy maleducados , que seguramente le sobraban a la dueña . “ La Húngara “ era una mujer archimísimamente millonaria que vivía con su madre en un palacete ex Alvear o algo así ( yo era chica y sabía poco de nombres, calles y linajes ) , cuyo marido inventó en Argentina lo que no puedo nombrar aquí , pero igual diré que el implemento contenía su apellido en la marca . Bueno , de lo que nunca podré olvidarme es de las tortas fabulosas que hacía la cocinera de La Húngara y de los goulach con späztle que la Tía se manducaba en la cocina . Cuando La Húngara andaba medio enferma , comía con mi Tía en su cuarto , porque la soledad la deprimía y le agravaba los eternos dolores de cabeza .
Siempre con cubiertos de plata , copas de cristal Saint Louis , carpetas de encaje y saleros de Fabergé . Eva se sentía una reina , porque en su casa regalada no pasaba de la vajilla de vidrio irrompible y el sifón sobre la mesa.
La otra clienta no podía saber de la existencia de mi madre , su otra clienta , a riesgo de que fuera sustuída Eva como masajista de la “corte” .
Ella eternamente sostenía entre sus dedos , marrones de nicotina , el cigarrillo negro que la acompañaba siempre , humeando sus cuentos que me mantenían sentada junto a la camilla de masajes de mi madre . Cuando caminaba , Eva llevaba en la mano izquierda la cajita exterior de los fósforos Ranchera , a modo de cenicero vertical , o en su falta , usaba el hueco de la mano que nunca entendí cómo no se le quemaba .
Si mi padre tenía algun problema muscular, ella era la fisioterapeuta , si yo me engripaba o tosía , era la curandera que aplicaba las ventosas que se adherían a mi pobre espalda , pero eso ya era una operación mayor que mi madre observaba algo preocupada , mientras Eva les pasaba dentro una vela con… ¿ fuego ? Yo miraba el show y me sentía muy importante , como la partenaire de un mago en una actuación de gran riesgo .
Cuando la madre de La Húngara murió ( la Señora L., también húngara ) , Eva se mudó a su casa pero dejó a Cirilo, su marido , y a sus dos hijas en El Palomar.
Ya estaba ocupando el lugar de la mamá de su clienta , su casa y una mucama que pasó a heredar . Así que cuando su familia la visitaba , ella era la anfitriona que poco a poco fue convirtiéndose en la distinguida señora de la casa que miraba con cierto desprecio a los pajueranos que venían de la provincia con olor a manteles de hule .
Igualmente siguió visitando mi casa y se vé que se sentía a gusto , porque cada vez pasaba más tiempo con nosotras y nos confiaba las alternativas de los romances húngaros y algunas czardas de alto voltaje que nos mantenían hipnotizadas , aunque algo molestas por su estilo insolente, su cinismo y su desparpajo . Había sumado a su tarea , la de guardadora de alhajas y cuidadora de la pinacoteca de la gran sala , objetos valiosísimos (según ella ) que La Húngara no confiaría a nadie más .
La recuerdo así : el pelo rubio , fino , corto sobre su cara , chocando contra el marco de carey clarísimo, algo encorvada por los años pasados inclinada sobre una camilla , y la alianza de oro en su dedo medio para que no se le resbalara por las cremas de masaje , mocasines de taco bajo , un delantal blanco impecable , la actitud canchera , cómplice , simpatiquísima . Leía 2 ó 3 periódicos cada día y relataba las noticias en voz alta con sus correspondientes comentarios . Tenía una fuerza bruta de la que hacía alarde y también un toque suave y firme , muy profesional . Tantos años de pasar sus días en un entorno refinado , le habían dibujado una cierta distinción que los beiges y las heredadas bufandas de Burberry acentuaban . Y así se fue alejando de sus orígenes , como una fiel servidora mimetizada con su ama , aunque independiente y ácida cuando se desengrillaba y volvía a su mínima guaranguería .
A veces Eva llegaba a mi casa antes que mi madre y me contaba con pelos y señales todo lo que contenían los cajones de La Húngara y las biblotecas de su enorme escritorio donde esa señora escribía interminables cartas intraducibles. Me había prometido llevarme un día allí , para presentarme como su sobrina y hacerme conocer todo aquello de lo que siempre hablaba : una especie de Greta Garbo local , bella , frágil , misteriosa y un palazzo con cinematográficas escaleras que llevaban a cuartos con múltiples espejos , arañas de cristal de Bohemia y biombos de Coromandel . A mi me tentaba , más que nada , la Dobosh Torte que , según la tía , si no salía perfecta iba inmediatamente a parar a la basura .
La Húngara murió cuando yo era casi adolescente . Eva vino a mi casa a hablar con mi padre en cuyo juicio y honestidad confiaba altamente : un testamento póstumo la nombraba heredera del 30 % de los bienes que aquella mujer sin descendencia y ya sin marido poseía en la Argentina , convirtiendo a la Tía en una señora acomodada de familia “ desconocida ” , cada vez más lejana , pero siempre subvencionada por ella , hasta su muerte .
Yo recibí 3 muñecas de porcelana y un anillo de jade que eran de La Húngara , con un escorpión de platino y diamantes incrustado sobre la piedra oval .
Eva siguió siendo masajista de mi madre , pero ya no cobraba ; venía a tomar el té porque había quedado algo descolocada con la herencia y sin nungun referente .
Sus hijas no permitieron que nadie se despidiera póstumamente de ella y la enterraron no sé dónde , quizás convertida en cenizas como aquélla , la de sus cigarrillos , cremada como era su deseo , coherente con su desafiante escepticismo .
Hace un tiempo que murió Tía Eva y su recuerdo se va desdibujando , por eso quise escribir estas líneas , ya que aquéllos que quisimos y nos quisieron
merecen , por lo menos , conservar una cierta presencia que perdure hasta nuestra propia despedida .

9 comentarios:

pesuniasygarras dijo...

Ele!! que historia la de la tía Eva!
Muy lindo su relato.
Saludos

Tumulario dijo...

Preciosa historia, cuanta razón hay en el último parrafo.

Un abrazo desde el túmulo.

maría dijo...

qué bueno esto!

ele de lauk dijo...

pesunias , tumus y maría , gracias !

Quién no tiene una Tía Eva ?
Y si somos suficientemente pintorescos ( para alguien siempre lo somos ) , nos tocará ocupar ese lugar . Un petit consuelo en el paso por este escenario que no nos da tiempo para volver .

ZoePé dijo...

Delicioso, Ele.

Clara Sheller dijo...

Todas las mujeres tenemos una Títí inolvidable entretejida en nuestras historias...
Y tengo a la mejor del mundo!

ele de lauk dijo...

Gracias Zoey .

Cuente Clari . Yo tengo por lo menos dos tíos , insuperables .

Beauséant dijo...

no puedes regatear a la muerte, pero si alguien te recuerda en el último instante es un poco como seguir vivo.. ojalá alguien cuente algo de nosotros llegado el momento...

ele de lauk dijo...

Beau , no morir del todo y para siempre , mal o bien , como sea ...